El pasado 31 de marzo, Marisol Cortez salió de su casa en la colonia Real de San Joaquín, en Nuevo León, rumbo a una entrevista de trabajo. Vestía ropa formal, llevaba consigo una carpeta con documentos y el celular en la mano. Su madre la despidió con un abrazo y le pidió que le avisara al llegar. Marisol prometió regresar temprano, pues la cita era cerca. Sin embargo, pasaron las horas y nunca volvió. Los mensajes enviados a su teléfono dejaron de recibirse. Desde ese momento comenzó la angustia de su familia.

Al notar su ausencia, la familia salió a buscarla por calles y avenidas cercanas. Recorrieron la zona industrial donde supuestamente tendría la entrevista. Nadie pudo dar razón de ella y el silencio se volvió insoportable. Al día siguiente interpusieron la denuncia ante las autoridades locales. La respuesta fue lenta, burocrática y llena de evasivas. Los familiares decidieron difundir su fotografía en redes sociales. Pronto, vecinos y voluntarios se unieron a la búsqueda.

Conforme pasaban los días, comenzaron a circular versiones contradictorias. Algunos aseguraron haberla visto subir a un vehículo extraño. Otros afirmaron que caminaba por una calle solitaria rumbo a la avenida principal. Las autoridades prometieron revisar cámaras de seguridad, pero no mostraron avances claros. Ante la desesperación, la familia organizó marchas pacíficas en Nuevo León. La colonia entera se unió, temiendo que la inseguridad alcanzara a cualquiera. El nombre de Marisol se convirtió en símbolo de dolor y exigencia de justicia.

Hoy, varias semanas después, el caso sigue sin resolverse. La familia vive entre el miedo y la esperanza de encontrarla con vida. Colectivos feministas han tomado su caso como bandera en protestas. Las redes sociales mantienen vigente la etiqueta #JusticiaParaMarisol. Vecinos y amigos no dejan de exigir respuestas. Las autoridades aseguran que siguen investigando, pero no entregan resultados. Mientras tanto, la ausencia de Marisol se siente cada día más fuerte en su hogar.



